
Las mareas, el cielo, el faro, el sol, las pintadas en las rocas, las rocas, el mar. Todo habla en Finisterre. Menos el hombre.










Cuando suena el teléfono y no te apetece cogerlo.
Muchas gracias a los que, durante estos treinta años, han trabajado por la Democracia, la Justicia y la Igualdad. Se lo agradezco porque a mí lo que es la sumisión fuera de ciertos ámbitos íntimos (mamá no leas esto) no me va nadita.
Anoche tuve un sueño. Soñé con el fin del mundo. Ni cambio climático, ni un tsunami enorme, ni una guerra nuclear. Unos extraterrestres verdes, huidizos y malotes acababan con nosotros a hostia limpia. Todo empezaba en Langreo (es que yo además de típica y tópica, para soñar soy muy local de Dios). En el Lavadero de Modesta, otrora conocido por sus nubes tóxicas, había un Pirulí gigante que los marcianos derribaban. Cuando caía iba rodando por toda la calle Manuel Llaneza y acababa en el Adaro. A su paso dejaba un desastre que talmente parecía que taben desdoblando el Corredor del Nalón delante del mi portal. Los langreanos nos ofendíamos tanto tantísimo con los extraterrestres que organizabamos la resistencia y luchabamos contra los platillos volantes a base de gomeros. La jefa de la resistencia era Paloma Rocasolano (?). Paselo fatal.
«Aquí estoy, de blanco y con el mi hermanu pequeño, David, en el columpio de casa». Fernando, el escueto. Ojo con el pose que nos gastaba el chaval. En Laviana siempre fueron muy chulinos, ne.















(Vista del parque de Ciañu)
Ha nevado. ¡Los esquiadores de España están de enhorabuena!. Yo que no soy esquiadora –bueno hoy lo fuí por unos minutos mientras intentaba bajar el Parque de San Francisco– me alegro por la nevada a ratos. Cuando estoy en casa, arropada por la manta azul del Economato de Hunosa, me alegro. Cuando amago con resbalar en lo alto del citado parque para acabar en Lugones, pues ya no me presta tanto que queréis que sus diga. Arropados como vamos por la calle para cubrirnos de estos fríos polares que nos acechan parecemos todos «jarraichus». A mí, cuando me veo de refilón en un escaparate, hasta me entren ganes de quemar un cajero, aunque solo sea para calentar las manos. El mini-invierno que padecemos se acaba de aquí al domingo. Confiaba en pirar un día de trabajo, en plan llamar al jefe y decir: «Meca, como vivo en un pueblín, estoy encerrada por la nieve, y no tenemos quitanieves y tengo que encender la cocina de carbón y ponerme a picar leña y cazar algún animal para subsistir». Entre que yo siempre fuí muy de fomentar los mitos de la cuenca minera –esos que dicen que tamos sin cepillar del todo– y que ahora laboro en la capital del regino astur donde todo huele a pulcritud y alevosía igual colaba y todo. Pero Renfe insiste en que todos los trenes circulen bien y lleguen a tiempo. Va tener razón un paisano del que me hice colega hoy en el tren: «La culpa ye toda del capitalismu».
La Guardia Civil se me ha manifestado, que suena a rollo aparición mariana: «Yo estaba allí y de repente ví una luz amarilla muy fuerte, me acerqué a la susodicha luz y ella me habló y me dijo "los papeles del coche"». Claro que, si lo pienso mejor, que se me manifieste la Benemérita suena más a tema aparición marciana: «Yo estaba allí y de repente vi a un humanoide verde, me acerqué al susodicho y él me hablo y me dijo "los papeles del coche". A mi una vez me pararon «ellos». Había tomado unos culetes (de sidra), me dirigía a casa y llevaba una «L» en la parte trasera del vehículo como un templo de grande. «Esto es un control de alcoholemia, señora», me dice el humanoide. «Señorita, si no le importa», le respondí yo para comprobar si lograba ganarme al picoleto en cuestión. «Ha bebido usted algo, señorita», inquirió el apuesto agente sin el menor rictus de haberse dado por aludido con mi cortejo. «Vamos a llevarnos bien», pensé para mis adentros y en voz alta dije: «Por supuesto que no, señor agente». «Señorito, si no le importa», me respondió sonriendo, el muy truhán. No me hizo «de soplar» y aunque pretendió continuar la conversación yo me marché. Una además de tener sus encantos a flor de piel –tal y como quedó más que demostrado– también tiene unos padres rojeras que nunca me habrían permitido llegar a casa con un buenemérito. Un fotógrafo todavía, pero un guardia civil, por mucho que se manifiesta puño en alto, ni de coña.

En la fiesta de Nochevieja a la que fui había un hombre que se parecía a José Montilla. Lo mejor es que su mujer era clavada a Rosa Montero y entre los dos se marcaban unos «rocanroles» de escuela de baile que para mí los quisiera yo. La Montero le pedía a su marido que la subiera en brazos y le diera vueltas a lo John Travolta, pero el pseudo presidente de la Generalitat no podía y eso nos ponía un poco nerviosos a todos. Cuando nos dimos cuenta, la pseudo dama de la literatura española estaba tirada en suelo. Ver a un mito de la escritura femenina de España azotada y descojonada me hundió. Pero por ello no dejé de bailar. Llevé la procesión en mis adentros. La música del festín le dió a todos los palos: salsa, Tina Turner, pasodobles, los ya mencionados «rocanroles» y un largo etcétera que culminó, como no podía ser de otra manera, con El Chalaneru. Canción que, por otra parte, me hizo recordar los buenos momentos que viví en mi época «subpajariana». No bebí ni una gota de alcohol, porque me tocó ser ficha verde y conducir. Ahora, le día al agua que no veas. Rellené tantas veces el pseudo cubata que si hubiera sido vozka, a estas horas tendríais que llamarme Olga.