
Yo también hice la Primera Comunión. Vestida de marinera y con un diente roto me asemejaba más a una pirata que a una cándida niña comulgante. De aquel día, era 11 de junio, recuerdo la sesión fotográfica en ropa interna –con guantes de puntilla– que nos hizo mi madre por la mañana, los nervios cuando la hostia se me quedó pegada en el cielo del paladar (muy ad hoc la postura de la oblea, por otra parte) y la pamelaza con la que entró Patricia Suárez (comulgante también) por la puerta de la Iglesia. El vestido de marinerita que había confeccionado mi madre para tal ocasión con el objetivo de no gastar más de lo imprescindible fue lo más comentado de la jornada. Desde entonces Patricia Suárez me odia.